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La indispensable transición a una arquitectura sostenible

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El mundo contemporáneo está sufriendo por las graves consecuencias de agentes como el cambio climático. Dichas condiciones repercuten de distintas maneras en ámbitos ambientales, económicos e incluso sociales. Ante la necesidad de tomar riendas sobre la problemática actual han surgido concepciones que proponen una nueva forma de obtener recursos. De modo que, las actividades humanas tengan un efecto negativo mínimo en el entorno. Es por eso, que se afirma que el nuevo paradigma de arquitectura debe ser sostenible.

En primer lugar, el estado de ecosistemas alrededor del planeta ha despertado la búsqueda de una arquitectura que se adapte a su entorno y permita su conservación. La arquitectura sostenible es la manera de mitigar los efectos nocivos de la construcción en el medio ambiente. Los arquitectos, debido a su responsabilidad frente al uso de recursos, deben considerar que “las decisiones del proyecto y planificación que se adopten no sólo van a tener un efecto inmediato sobre la sociedad y el medio ambiente, sino que también ejercerán una influencia en la calidad medioambiental de las siguientes generaciones” (Meléndez, 2011, p.32). Esto quiere decir que es de vital importancia que se considere el impacto de todo proyecto en su entorno, ya que las decisiones tendrán consecuencias que se proyectarán en el futuro. Asimismo, Miguet (2013) defiende que “la ciudad sostenible del siglo XXI ha de ser una ciudad diseñada con la consideración del impacto ambiental” (p.5). Lo cual demuestra que, con el fin de diseñar ciudades capaces de satisfacer necesidades del presente sin comprometer las futuras, es crucial que se asigne la naturaleza como prioridad. De hecho, Ortiz (2015) sostiene que “los proyectos son cada vez más visionarios y caracterizados por una mayor atención al medio ambiente” (p.244). Esto evidencia la intención de la arquitectura actual por incidir lo menos posible en su entorno. Edwards (2008) resalta entre los problemas urbanos “la contaminación, la falta de espacio y la presión sobre los recursos” (p.9). En efecto, se necesitan soluciones para estos problemas que afectan la relación entre las personas y su hábitat.

Por otro lado, la alta demanda de recursos necesita que la arquitectura adopte nuevos métodos sostenibles que permitan el ahorro de materiales y recursos ambientales. Este requerimiento se fundamenta en que “ahora las grandes megalópolis se extienden por áreas que alguna vez fueron productivas, que a su vez requieren gastos enormes en servicios públicos y transporte” (Salas, 2008, p.84). Dicho cambio en el funcionamiento de la economía indica que entre las consecuencias de la urbanización de áreas rurales está el abastecimiento de una mayor población citadina por medio de recursos que se extraen de áreas cada vez más limitadas y reducidas. En adición a esto, “la actividad arquitectónica es responsable, de forma directa, del 50% del consumo energético, y de forma indirecta, aproximadamente del 60%” (De Garrido, 2011, p.8). Por ello, se han dispuesto estrategias de diseño que garantizan un mejor tratamiento de recursos y logran reducir el consumo energético. Entre ellos, el diseño pasivo, que se encarga de acondicionamiento de edificaciones a través de factores naturales como los vientos y la orientación del sol.

Finalmente, un diseño arquitectónico verdaderamente sostenible proporciona oportunidades de brindar una mejor calidad de vida a las personas. Al respecto, Tietz (2008) defiende que la arquitectura “puede hacer más llevaderas las exigencias de la vida cotidiana y favorecer la convivencia pacífica de la gente” (p.118). Lo cual indica la capacidad de influir positivamente en el ambiente social a través del diseño arquitectónico. Como también es posible que este tenga un efecto negativo en la sociedad. Debido a que “además de producir ciertas patologías, los edificios pueden disminuir la calidad de vida de sus habitantes y su absentismo laboral” (De Garrido, 2012, p.64). En este sentido, el diseño hace parte de las condicionantes que nos rodean y es un factor que define nuestro estilo de vida, por lo que puede facilitar la actividad diaria o, por el contrario, dificultar su ejecución. Del mismo modo, la arquitectura tiene efectos en la percepción humana, debido a que “mirando las formas arquitectónicas, vibramos con ellas en simpatía simbolista porque suscitan reacciones en nuestro cuerpo y en nuestro ánimo” (Zevi, 2004, p.127). En otras palabras, ciertas formas de arquitectura funcionan como un estímulo externo para las personas y logran una respuesta interna. Depende del aprovechamiento de dicha cualidad el que el diseño se proporcione herramientas para mejorar las condiciones de vida.

En definitiva, las actividades humanas han de evolucionar de acuerdo con las necesidades económicas y sociales del hombre y, por supuesto, considerar su impacto en todo ámbito. Siguiendo dicho orden de ideas, con el propósito de reducir costos y mejorar la calidad de vida sin arriesgar los recursos ambientales del futuro, resulta indispensable que la arquitectura se adapte al paradigma sostenible que impulsa la sociedad actual.

Referencias

De Garrido, L (2011). Sustainable architecture green in green. Barcelona, España: Instituto Monsa de Ediciones, S.A.

De Garrido, L (2012). Un nuevo paradigma en arquitectura. Barcelona, España: Instituto Monsa de Ediciones, S.A.

Edwards, B. (2008) Guía básica de la sostenibilidad, segunda edición. Barcelona, España: Editorial Gustavo Gili.

Meléndez, S. (2011). Arquitectura sustentable. Ciudad de México, México: Trillas.

Minguet, J (Ed). (2013). Green city contemporary urban design. Barcelona, España: Instituto Monsa de Ediciones, S.A.

Ortiz, I (Ed). (2015). La historia de la arquitectura. Madrid, España: Susaeta Ediciones, S.A.

Salas, H. (2008). Una nueva visión, Arquitectura y Desarrollo Sustentable. Ciudad de México, México: Libros para todos, S. A. de C. V.

Tietz, J. (2008). Historia de la arquitectura moderna. Barcelona, España: H.F. Ullmann Publishing.

Zevi, B. (2004). Saber ver la arquitectura. Barcelona, España: Ediciones Apóstrofe, S.L.

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