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El valor social del espacio público

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A lo largo de la historia civilizaciones han dejado su huella de distintas maneras hasta el punto de poder describir su desarrollo en forma de legado. Partiendo de la concepción de la arquitectura como “una creación inseparable de la vida civil y de la sociedad en la que se manifiesta; ella es, por su naturaleza, colectiva” (Rossi, 1972), la planeación de la ciudad es el reflejo de las necesidades que supone el estilo de vida adoptado por sus habitantes. Así, el espacio público surge como respuesta a las necesidades colectivas de una sociedad. Sin embargo, en la actualidad se manifiesta más preocupación por avances que apuntan al crecimiento económico individual, dejando a un lado objetivos sociales que aportan al significado verdadero de ciudad. El espacio público, más allá de brindar soluciones a problemas de desarrollo material y economía, debe ser utilizado como medio para rescatar valores sociales fundamentales.

El urbanismo utópico corresponde a un contexto colectivo y busca la integralidad desde la forma de la ciudad. Desde ese punto de vista, el espacio público debe ponerse a servicio de la comunidad. Para Ruskin (2015) no es preciso buscar la originalidad y los cambios por ellos mismos, no se podrá obtener ni la una ni los otros por una lucha o revolución contra las leyes ordinarias. Esto indica que ir en contra de la tradición perjudica la verdadera intención con la que nació una acción. Últimamente el bien individual ha primado sobre el colectivo, evidencia de una arquitectura cada vez más autónoma e inconsciente de su entorno hasta el punto de desconocer los principios del espacio público. Algunos ejemplos de hechos que atentan contra la función primordial de búsqueda de bien colectivo son la apropiación ilegal  y uso indebido del espacio público y construcciones y diseños fuera del volumen normativo. 

Si bien es cierto que el espacio público es un impulso al desarrollo económico debido a su función de organización, también es importante su aporte a la circulación y relación entre sectores. Así lo defiende Chueca (1970) al afirmar que “toda ordenación espacial será nula si no existe una adecuada accesibilidad, unos medios de transporte en común eficaces y una red viaria capaz e inteligentemente planeada”. El alcance y medio para cubrir dicha necesidad de circulación ha evolucionado, “cobra cada vez más importancia con el protagonismo del automóvil del siglo XX” (Gamboa, 2003). Ante este hecho me parece importante retomar ideas “del pasado” al decir que la circulación en esencia no sólo se trata de vehículos, sino de peatones. En el caso de la Barranquilla de los años 50, “los gestos urbanos solían condicionar la arquitectura moderna” (Bell, 2002). Sin embargo, durante el movimiento diario de la ciudad se puede percibir una falta de andenes apropiados para caminar y arborización que alivie la sensación térmica, lo cual hace del recorrer las calles una actividad complicada y desagradable teniendo en cuenta las altas temperaturas que ahí se registran. En este caso, el espacio público entra en juego como el medio de invitar a las personas a salir y conocer su ciudad, es una oportunidad de crear sentido de pertenencia e identidad cultural. Al menos un objetivo del diseño será trabajar en medios óptimos que impulsen el amor por la ciudad. Me refiero también a simples pero valiosos espacios de circulación  como calles y andenes que faciliten la interacción del ciudadano con su entorno sin importar las condiciones, materializando el significado de accesibilidad, inclusión y habitabilidad. 

Por otro lado, el punto más importante que diferencia al espacio público del privado es su función frente al intercambio social que este permite. Según Ortega y Gasset (como se citó en Chueca, 1970) “se edifica la casa para estar en ella; se funda la ciudad para salir de la casa y reunirse con otros que también han salido de sus casas”. El ágora griego es un claro ejemplo histórico de cómo de la adecuación de espacios para uso público puede ser una base para el enriquecimiento cultural y desarrollo ciudadano. Para Rossi (1982) la naturaleza colectiva de la ciudad es un elemento clave para la comprensión del valor de los monumentos, del valor de la fundación de la ciudad y de la transmisión de las ideas en la realidad urbana. De modo que entre los planes de desarrollo de toda ciudad preocupada por el bienestar de sus habitantes se debe incluir lugares de esparcimiento y educación referente a la apropiación de su amplia diversidad. La magia de Barranquilla reside en su diversidad cultural ya que “fue siempre puerta abierta para información de la evolución de la cultura en Europa y Estados Unidos de Norteamérica” (Ujueta, 2002). La riqueza cultural se vería estimulada al habilitar espacios públicos que celebren el compartir de manifestaciones del sentir propio y promuevan la aceptación de las “diferentes”. A través de proyectos como parques, además de cumplir con un encuentro con la naturaleza también se estaría trabajando en la interacción de las personas y su convivencia, quienes aprenderán a vivir en sociedad. Estoy de acuerdo con “retomar las viejas tipologías como las de la plaza, la calle, el parque, y los viejos elementos de urbanización” (Gamboa, 2003) con el fin contrarrestar los efectos negativos que tiene la desaparición del espacio público en el ambiente de la ciudad. Como conclusión, frente a la sociedad actual el espacio público debe tener como fin principal el rescatar valores y actividades sociales propias del hombre que se han perdido en el tiempo. Así mismo,se hace indispensable que la arquitectura y el urbanismo obedezcan a su contexto e impulsen medidas para retomar el espacio público como oportunidad de encuentro con la esencia de la ciudad y sus ciudadanos debido a que el desarrollo de la primera debe apuntar siempre a mejorar la calidad de vida de sus habitantes. Adicionalmente, mi opinión respecto a la ciudad de Barranquilla es que si se pretende mejorar las condiciones sociales se debe empezar por unir a las personas y no existe mejor manera que intervenir, por medio del urbanismo y la arquitectura, con espacios que enorgullecen al barranquillero de su identidad y llamen a la protección de sus cualidades. 

Referencias

Bell, C. (2002) El movimiento moderno en Barranquilla. Barranquilla, Colombia: Cementos del Caribe ; Universidad del Atlántico. 

Chueca, F. (1970). Breve historia del urbanismo. Madrid, España: Alianza Editorial.

Gamboa, P. (2003) El sentido urbano del espacio público. Revista Bitácora Urbano Territorial, 1(7), 13-18. Recuperado de: http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=74810703

Rossi, A. (1982). La arquitectura de la ciudad. Barcelona, España: Editorial Gustavo Gili .

Ruskin, J. (2015). Las siete lámparas de la arquitectura. Barcelona, España: Editorial Biblok.

Ujueta, C. (2002). La arquitectura en la cultura occidental. Barranquilla, Colombia: Ediciones Uniautónoma.

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